“Las emociones también fosilizan”


  • Entrevista a la médica y paleoantropóloga española, María Martínón Torres, miembro del equipo internacional de científicos que participó del descubrimiento en 2021 del enterramiento humano más antiguo conocido hasta ahora en África.



POR NÚRIA JAR

Los fósiles esconden la historia de nuestra especie, pero, según María Martínón Torres, directora del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH), también tienen una historia individual. “No sé si es por la impronta de ser médico”, dice esta investigadora que en mayo del año pasado ocupó la portada de la revista Nature con el entierro humano más antiguo de África. El protagonista fue Mtoto, que significa niño en suajili, un fósil de 78.000 años de antigüedad sepultado en la cueva arqueológica de Panga ya Saidi, en Kenia.



¿Cómo llegaron los restos fósiles de Mtoto a sus manos?

Fui a dar una conferencia en el Instituto Max Planck en Jena, en Alemania, donde me enseñaron una pella de tierra que ya conocía por fotos. Lo que había ahí dentro no lo sabía, pero en la superficie se veían dos dientes que reconocí como humanos. Decidimos que lo traería yo personalmente al CENIEH, ya que era un material muy delicado que iba a requerir un trabajo muy especializado de conservación y restauración.



Las excavaciones en Panga ya Saidi comenzaron en el 2010 y los primeros fragmentos de huesos del niño –bautizado por los arqueólogos como 'Mtoto', por la palabra en el idioma suajili​ que significa 'niño'– fueron hallados en el 2013.



¿Cómo lo llevó de Jena a Burgos?

Con mucha emoción me llevé en avión aquel bloque sobre las piernas, conmigo, como equipaje de mano, con muchísimo cuidado. Hubiera lo que hubiera en su interior, ya sabía que me estaba trayendo un fósil humano. Lo que no sabía era que en realidad me estaba llevando un niño en el regazo. Fue una emoción de larga duración y retrospectiva, porque ahora tienes el flashback de estar trayendo un niño sin saberlo. Y eso fue una sorpresa que se ha ido desvelando a lo largo del tiempo.



¿Cuánto tardaron en saber que allí había los restos de un niño de tres años?

Estuvimos más de un año simplemente tratando de excavar de forma física y virtual el contenido de ese bloque de tierra, intentando aproximarnos lo más posible a lo que vimos que había en su interior: más huesos, pero con una consistencia prácticamente de ceniza. Esa sensación de decir llegamos a punto de que desaparezca y se quede esta memoria totalmente olvidada.





¿Qué encontraron?

Fueron sorpresas progresivas. Primero vimos que aquel bloque tenía más restos humanos en su interior. Después comprobamos que no eran solo restos aislados, sino que cada uno tenía una posición con un sentido anatómico. Todos los huesos estaban conectados y mínimamente desplazados. Según íbamos haciendo ese puzle de reconstrucción fuimos viendo que era el esqueleto parcial de un niño, que no tenía más de tres años de edad, y que estaba completamente articulado.



¿Y después de un año de reconstrucción?

Pues pasamos prácticamente un segundo año para tratar de comprender qué es lo que había pasado, un trabajo de laboratorio de revelación.



¿Y a qué conclusión llegaron?

Al menos hace 78.000 años hubo una familia o un grupo que enterró el cuerpo de un niño de tres años.






¿Cómo pueden inferirlo?

Todos los huesos que íbamos encontrando estaban en su sitio, intactos, articulados y apenas desplazados, salvo dos desplazamientos mínimos muy particulares que se pueden explicar dentro de la secuencia normal de descomposición. Por un lado, la dislocación de la cabeza, típico en los enterramientos en los que al fallecido se le descansa la cabeza sobre un soporte perecedero hasta que se descompone. Por otro, el descenso de las clavículas, que tiene que ver con un cuerpo amortajado o envuelto en un sudario. Además demostramos, mediante el análisis geoquímico de los sedimentos, que se había creado una cavidad donde se depositó el cuerpo y luego fue cubierto.



¿Qué significa para nuestra especie tener registro de un entierro tan antiguo?

Hemos sido capaces de reconstruir un comportamiento singular y específico de los humanos, donde incluyo también a los neandertales, de tratar a los muertos con la misma delicadeza que tratarían a un vivo. Estamos siendo capaces de estudiar cosas que en principio no fosilizarían. La compasión fosiliza, gracias al efecto que tiene en el cuerpo de un tercero. De los fósiles puedo inferir el cuidado del otro, el altruismo o el comportamiento de un grupo. Las emociones también fosilizan.



¿A qué se refiere?

Esa necesidad de despedirse del que se va, ese esfuerzo por hacerlo permanecer, yo creo que es la manera con que un primate que sabe que se va a morir se enfrenta a la muerte. Es el as en la manga que nos queda para vivir con la terrible consciencia desde el principio que nos vamos a morir. Somos el único primate que sabe lo que es la muerte. Que convive desde muy pronto con la idea de que se va a morir. Es emocionante, a través de este niño , haber podido capturar algo tan evasivo como es la consciencia de la fragilidad en el tiempo y el dolor de una pérdida.



¿Dónde descansa ahora Mtoto?

Yo me traje al niño en 2018 y estuvo en el CENIEH hasta el 2019, cuando lo devolvimos personalmente a Kenia, porque teníamos ya un vínculo emocional fuerte después de tanto tiempo trabajando con él. También fue un viaje muy emocionante, porque era como devolverlo a casa. Ahora está en la cámara acorazada de los fósiles del Museo de Kenia, donde están las joyas de nuestro pasado, como el primer Homo habilis .


FUENTE: LAVANGUARDIA.COM

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